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viernes, 21 de agosto de 2020

La comedia humana (III)

Por Juan Pérez de Guzmán



Durante el reciente secuestro domiciliario, un amigo me envió por whatsapp la foto de unos jóvenes Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso posando, sonrientes y exultantes, en un bar de copas. Gastaban como un aire ingenuo y gilipollesco, ese que uno tiene cuando todavía quedan restos de hormona del crecimiento en el organismo y no ha atacado bien la veintena. La placa debía datar de principios del milenio y mi amigo me pidió que identificara el garito que se percibía al fondo de los fotografiados. Difícil de decir. Sin embargo, examinando la imagen, cambié el ánimo coñón por una invasión de nostalgia.





Me acordé de aquellos tiempos "burbujistas" y felices donde, a pesar de ZP, teníamos la impresión de que las faltriqueras estaban medio llenas y sólo habíamos conocido tímidas crisis económicas; aquellos tiempos donde no sabíamos lo que era el deep state o las cloacas, que lo mismo valen para un Trump que para un podemismo; tiempos donde el ladrón político robaba como Dios manda, por derecho, y no te vendía "cajas solidarias" o un "asalto a los cielos" para luego inflar un 300% la partida de obra del aire acondicionado en la sede del partido; tiempos donde supuestos filántropos y ciertos plutócratas se preocupaban un poco menos por tu condición sexual, tu carnet de vacunación y el color de tu piel; tiempos donde hicimos de Jiménez Losantos, al frente del programa matinal de la COPE, nuestro maître à penser. Tiempos, en definitiva, materialistas y de un gran vacío que muchos vivimos traicionando ciertos principios y con una mentalidad de lila. Sin embargo, mirando más la instantánea me vinieron a la cabeza otras imágenes:

Recordé el aspecto entre cortijero y provenzal que gastaban algunos sitios pijos de cubateo barriosalmantino o chamberilero. Hoy nos reímos de Taburete pero recordé cómo, entre hits de Paulina Rubio, Pereza o cualquier ritmo caribeño post "Venao" y prereggaetónico -si el "Rapper's Delight es el abuelo del hip-hop, "El Venao" lo es del reggaetón-, uno iba perfilando estrategias para ligar que quedaban en nada la mayoría de las veces. Me invadió de nuevo el espíritu del cazador-recolector. Me acordé de que no necesitábamos Tinder y de cómo segmentábamos el temita sicalíptico por aquel entonces en algunos locales nocturnos de Madrid.
Por ejemplo, la azafata de Air Plus que paraba en sitios como Fortuny o Snobíssimo era una especie de unicornio. Air Plus era una compañía aérea que tenía como destino prioritario el Caribe y basaba su política de recursos humanos, por lo menos en lo que tocaba a sus tripulantes de cabina, en repugnantes criterios machistas que excluían toda diversidad, inclusividad y belleza no normativa. Vamos, que las jais eran de llamar la atención. Nadie en su sano juicio se hubiera saboteado una noche loca en un piso cercano al aeropuerto de Barajas. Un escalón por debajo estaba la niña mona local, o la de provincias que había estudiado la carrera en Madrid y vivía su particular success story ganando 30k€ anuales trabajando de sol a sol para un despacho, multinacional o consultora de renombre. Estas últimas eran peligrosas porque igual querían algo menos fugaz que las primeras. Solían compartir piso con amigas en alguna zona triste del Barrio de Salamanca o asimilado. Por último, el premio de consolación lo conformaba todo un conjunto de chorbas de vida afectiva complicada o divorcios más o menos recientes que buscaban su mirlo blanco en garitos llenos de canallitas y aprendices de canallita. Igual que si una ternera recién parida asomara la patita en una zorrera: aquello era imposible que acabara bien. Había sitios especializados en este tipo de interacción donde se reunían a altas horas de la madrugada todos los restos de serie de ambos sexos. En las últimas horas de oscuridad, medianamente alcoholizados y al ritmo de "Soy un truhán, soy un señor" igual sonaba la flauta y algunos podían acabar, malamente y una hora más tarde, haciendo una faena de aliño en un piso del Barrio de la Concepción o en uno de una calle extraña por la zona de Arturo Soria.

Supongo que la vida sigue igual, pero la noche madrileña que aspiraba ser de campanillas a principios del milenio era una cosa cansada, bastante poco empática y donde hasta el más feo tenía espíritu de guapérrimo y echaba perros hasta perder rehalas enteras. Aquello era un universo muy poco igualitario y darwinista: sólo las especies más adaptadas al medio sobrevivían. El canallita random era el rey del ecosistema cuando no andaba cerca algún futbolista de renombre, torero o personaje de buen ver con derecho a salir en las revistas de cotilleo. Estos últimos podían frecuentar zonas reservadas en ciertos locales que, por arte de magia, se llenaban de mujeres neumáticas para delirio de los aprendices de canallita que quizás no entendían que su sueldo de gestor de patrimonios en una caja provincial no daba para mantener ciertas bocas siliconadas... Y es que dentro de la noche premium matritense había distintos tipos de locales y ecosistemas que podían ir desde el clasicismo más absoluto, heredado de los bares de cócteles anteriores a la guerra, hasta el orientalismo de palo, pasando por discotecas de decoración neobarroca al gusto futbolístico de entonces.

Como toda aventura nocturna que se precie, el sitio que se elegía para tomar las dos -o tres- primeras copas no era muy grande. Dentro se solía respirar un ambiente tranquilizador. Había algunas caras familiares y abundaban los pantalones crudos y las camisas oxford. La endogamia radical era importante en esta fase ya que daba seguridad al canallita que, pelotazo mediante, se iba transformando en el cantamañanas ideal. Había que tener cuidado si el local empezaba a hacerse demasiado conocido. La mención en una revista o un exceso de boca a boca terminaría por llenar el sitio de replicantes. Aquí tengo que hacer un inciso: el replicante es un personaje fundamental para conocer el grado de maduración de tu negocio de copas o restaurante. En el universo del postureo, son el signo de que uno está muriendo de éxito y de que va a perder a su clientela original, la que conoce los códigos de la casa, que irá al próximo garito que se parezca al anterior, pero con menos metrosexuales y secretarias de dirección por metro cuadrado. No me malinterpreten. Es simplemente la imagen de una época y se lo dice un ex-tendero y ex-metrosexual (Esperanza Ruiz que me soportaba entonces, y ahora, puede dar fe de todo ello).

El caso es que las escaramuzas afectivas que se iniciaban en este tipo de sitios solían ser de calidad. Calidad y escaramuzas que se iban degradando según avanzaban las horas y el número de cubatas. Obviamente, a partir de la una o dos de la mañana uno cambiaba de localización y aunque el lebensraum parecía aumentar, no era así. Una comprensible y habitual mala gestión de los aforos provocaba un "ensardinamiento” insoportable y alguna que otra pendencia donde a los canallitas les salía su lado más warrior del este de Chamberí. Estas berreas, que solían acabar en nada, era mejor disfrutarlas desde la distancia y realizando una encomiable labor de taxidermia con alguna incauta (que no solía dar frutos). El circulo infernal se cerraba, horas después, en cualquier vertedero afectivo. En Madrid, éste se situaba en Arapiles y era mejor no llegar al momento donde pinchaban sevillanas o Julio Iglesias, señal de que ya era demasiado tarde y que la única compañía que uno iba a tener era el bocata de calamares de El Brillante en Eloy Gonzalo.

A pesar de todo lo anterior, no todos los recuerdos son buenos y creo que lo escrito es menos un homenaje a cierto tipo de farra nocturna que a una época reciente algo más liviana. Espero no haber ofendido con mis recuerdos. En mi descargo sólo puedo decir que ya no quiero bailar toda la noche, ni ver tu foto en blanco y negro, ni contemplar el edificio Windsor en llamas a la vuelta de un escarceo nocturno. Sin embargo, pienso que nada de esto fue un error.

viernes, 10 de julio de 2020

Escribir recados



En mi época universitaria coincidí en el Colegio Mayor, y en la carrera, con una chica que salía con un futbolista –en activo- del Barça. En realidad viví esta circunstancia dos veces porque una ex compañera de instituto también salía con otro. Ambas eran dos monadas y ellos bastante rústicos, pero ahora no viene el affaire Ponce al caso. No diré sus nombres y no es por su privacidad, es por mi edad. Ustedes podrían ir a su álbum de cromos de “Tot el camp”, de existir, y relacionarme generacionalmente.

La novia de Sergi (ay), la de la carrera – en fin, ambas estudiaron farmacia- la del colegio mayor, era bastante discreta y que hace unos años me bloqueara por facha no influye en mi percepción de que era una sosa. Así que no recuerdo que ella hiciera aspavientos o montara shows pero es cierto que muchos profesores le hacían comentarios al respecto y que cuando el deportista venía a visitarla el evento se convertía en un circo de tres pistas. El aparcamiento del Mayor parecía un chiringuito de playa en agosto; el tipo abría el maletero del coche y la gente se arremolinaba alrededor. La diferencia era que en lugar de vender melones, bisutería chabolista o camisetas falsas de J’adore, sacaba el merchandising y empezaba a firmar fotos y parafernalia. Nunca participé del ritual porque a mí el fútbol me importaba un ardite y yo solo sufría por una cosa:"cuando rompan esta pava va a tener que comerse a la “siguiente” en todas las portadas y así no habrá manera de pasar página".

Este pensamiento ha sido recurrente en mí a lo largo de los años y siempre he valorado como una bendición que mis novios (¡todos!) vivieran en otras ciudades. Cuando se acababa el amor se acababa cualquier tipo de contacto y desaparecía, junto a la posibilidad de encontrarle en un bar o en el supermercado, la de que nadie en común viniera a hablarme de su vida sin mí.



Al final sí que voy a entrar al quite en el gañafón de Ponce a Paloma. Como no podía ser de otra forma, he pensado en lo difícil que hace recomponerte que el otro haga pública su nueva vida amorosa. Una de las mejores técnicas de superación de rupturas sentimentales que conozco es esa; eliminar todo contacto y no husmear en las redes. Muerto el perro se acabó la rabia. Recrearse en quién te sustituye solo merma la autoestima, porque cuando no hay información de primera mano idealizamos. Estoy segura de que Paloma se estará encontrando provecta y culpando a la falta de colágeno -esa que ella cree ahora que no sólo sostenía su estructura dérmica sino también su matrimonio- sin darse cuenta de la mediocridad de su marido. Y de que fue ella quien educó el paladar del de Chiva.

Como digo, me creía a salvo de todo eso y en cierto modo lo estoy, gracias a mi agilidad eliminando, bloqueando o silenciando contactos. También influye el hecho que no tenga ninguna ruptura reciente que lamentar, pero hay un fenómeno que me divierte y que viene a ser una variante de esto que les cuento. Y es que quien no sale en el Hola tiene un blog, una columna o una cuenta de Twitter. Hace años que yo misma soy una entusiasta de la práctica de escribir recados. Y quería contárselo a ustedes que en cierto modo son víctimas. Todos lo somos de alguien en estas lides.

A lo que voy es a que lo más probable es que ustedes lean un texto interesante, intimista, que les toca en cuanto que retrata la naturaleza humana y le den al like. Puede incluso que lo comenten con su autor y éste les responda, condescendiente, o lo guarden. A veces pueden llegar a pensar que les interpela, que es lo que necesitaban leer. Que pone palabras a su parecer. Nada. Desengáñense. Son recados.

La mayoría escribimos a alguien, para alguien. Con una multitud interpuesta. Los destinatarios varían y no se trata sólo de mensajes de despecho o de “Vuelve conmigo” que diría Yanire Guillén. Afeamos conductas, reclamamos lo nuestro –que suele ser casito-, hacemos saber que la vida nos sonríe o que hemos perdido 3 kilos. En lugar de un mensaje de texto, un whatsapp, una llamada telefónica o un mísero café en un Coffee and Tea, escribimos columnas para vomitar nuestro dolor o para decir lo que nunca pudimos. Es perfecto porque éso nos permite, acto seguido, alisarnos la falda, mirar al techo y silbar. Y creer que la indiferencia hacia el vapuleado sigue siendo nuestra bandera.

Ni una foto, ni un tuit, ningún artículo sin su destinatario con nombre y apellidos. El resto, ustedes (y yo de otros, claro), son solo interferencias, público, clap, cooperadores necesarios.
Ponemos cebos, ganamos a río revuelto, pescamos poco. Escribimos recados.



lunes, 6 de abril de 2020

You sexy thing, Almeida


Me ha tocado leerme qué pasó con Almeida en Vicálvaro para escribir este artículo porque no sabía de dónde venía el famoso intento fallido de insulto podemita. Ya saben, el de la “p” word. Y encima me he tenido que documentar (es un eufemismo, claro) en el diario Público. Lo que no haga yo por ustedes. 
Y resulta que hay un tipo, cantautor dice el gachó, que incluso escribió una canción en la que entona el carapolla. Pero que no quiere que se crea que va para Almeida, porque no busca problemas con las autoridades. Por si ustedes se preguntaban si se podía tener menos agallas que Valtonyc
A mi sobrina pequeña le fascina una canción de mi época, que es la de Almeida. El grupo infantil se hacía llamar Los Punkitos y repetían en bucle “pis, pis, caca, pedo, culo, pis”. El músico madrileño tiene un público objetivo en párvulos de 4. Freud también estaría encantado de conocerle.
Por lo visto todo esto de los insultitos empieza porque José Luis limpió en dicho barrio una pintada: A.C.A.B (All cops are bastards). Y claro, que si pilila.

En cualquier caso, lo que ha ocurrido esta semana en redes sociales no tiene como centro- aunque puede que sí en los sueños de alguna- la discusión de si lo de Almeida es un falo preconciliar, que diría Cela. Más que nada porque nadie duda de que las cosas del alcalde están donde tienen que estar y cargando a la derecha.
Almeida es una patada en la ingle a los aliados. A ver si creen que las mujeres quieren al lado a un desorientado. La fortaleza física de Ortega-Smith, el sentido común de Abascal, la inteligencia y los puntos sobre las íes de Almeida frente a la bragueta desbocada de Iglesias y el narcisismo patológico de Sánchez. El honor versus el engaño. Los códigos de siempre frente a la tribu sin desparasitar.

 Circula por Twitter un vídeo en el que el alcalde de Madrid deja a una presentadora de La Sexta con la vena del sectarismo hinchada. Al borde del gritito y de la denuncia por no pensar lo que ella dice. A punto de llevarse el Scattergories. Martínez Almeida responde con serenidad y contundencia y las mujeres de bien salivan.
El descubrimiento de que el nuevo alcalde con pinta de Felipe -el de Mafalda- no tiene complejos ha puesto al team facha, al sector aseadito femenino, a buscar el Telva Novias. El tuiterío -votante o no- le ha lanzado ofertas de matrimonio como quien no quiere la cosa. Que si jijijaja, pero pongo tu arroba en mi tuit, José Luis. A ninguna se le escapa  que Martínez-Almeida debe ser de los que solo desenfunda con un "hasta que la muerte nos separe" por medio, lo cual, visto el documental de Discovery Channel en que se ha convertido la bancada podemita, cotiza alto si llevas melena lisa y perlitas.

Almeida es abogado del Estado y eso un poco sí que hace hiperventilar a las mujeres. Almeida se ha criado en la zona de Capitán Haya pero se adapta a todo con clase. Almeida era del turno de mañana de Retamar y su integridad y espiritualidad no es impostada. Almeida carga cajas con mascarilla en Aluche y el voluntariado le pilla entrenadito, de cuando nadie hacía la foto. Almeida se iba el primero de las bodas y se va el último de su despacho por las noches.

De la potencia sin control de Iglesias, de su entrepierna agit-prop, de su miseria moral, de su falta de honor, de su inmadurez, nos da el contrapunto el alcalde de Madrid. Nos hace imaginar que hay un mundo con hogares, sin piscinas con forma de riñón, donde se reza Jesusito de mi vida con los niños, se trabaja por los demás, se regalan perlas australianas, se manejan crisis con seguridad y eficiencia y donde quizá, quién sabe, todo sea preconciliar.





sábado, 28 de marzo de 2020

Azoteas

No estoy aprendiendo mucho de esta crisis sanitaria, moral, global e introspectiva a partes iguales.
Pero es que yo  llevaba todo adelantado; el confinamiento, los amores a distancia, la búsqueda de Dios y las azoteas.
Lo demás, el resto de cosas como hacer ejercicio, pizza casera y tomar suplementos que ayuden al sistema inmunológico desde que empezó este quilombo son movidas de nuevo rico, postureo pándemico.

La montaña rusa de emociones, la sensibilidad desbordada combinada con una fortaleza que viene de Arriba pero me atribuyo siempre para rellenar la casilla de "cómo molo", y la preocupación por los míos viene de serie. Nada nuevo y nada que no sea consustancial a un ser humano que anhela cierta paz del alma.

Los compañeros de mi sobrina pequeña hicieron un vídeo  para verse unos a otros y darse ánimos. Una de las niñas decía: "Yo me quedo en casa".
Y mi sobrina, hablando a la pantalla del móvil, reaccionó: Pues como todos.

Efectivamente. Y los que no se quedan en casa, en general, son los que están -estamos- dando la cara, y a veces la vida, por los demás. Por respeto a ellos, a su esfuerzo, a su sufrimiento y al de los que pierden a familiares deberíamos de evitar dejar en evidencia lo flojitos que somos y lo que nos raya no poder quedar con los amigos. Mírenlo por el lado bueno, el espectáculo dantesco del terraceo primaveral se pospone indefinidamente. Con un poco de suerte nos saltamos este año las camisas de manga corta, los tops palabra de honor y las cañitas fresquitas.

Estaba pensando en que sí acuso una cierta falta de concentración, pero con un poco de examen de conciencia me doy cuenta de que es de siempre y que eso va en a columna de "Razones para no elegirme".

Así que hay muy poco nuevo. Estoy empezando a detestar a gente que antes me hacía gracia y a admirar a quién está dando la talla. La vida habría traído estás decepciones antes o después. De esto, preocúpense de tener su instinto de protección hacia los suyos en cotas máximas, de la caridad, de fortalecer su espíritu tanto como sea posible para lo que se avecina y no hagan el gilipollas más de la cuenta. Con lo del odio a Sánchez ya no me atrevo a pontificar, llévenlo como puedan. Desde la botica les recomendamos Primperán.

El montón de libros empezados y desordenados seguirá ahí meses después, la gente que no se preocupó de cómo estabas hace un mes y lo hace ahora, motivada por el Resistiré, los aplausos sanitarios o el "vamos a morir todos", merece toda tu pereza y los que descubren ahora las azoteas, también.

Hoy he subido, pero yo ya lo hacía regularmente, acompañada de mi Ángel de la guarda, a tomar el sol, a rezar, a pasear, a pensar o a beber un vino cuando anochece. Hoy los tejados parecían una canción de Cómplices. Pelotas de niños, cámaras inmortalizando el momento, palas de pingpong e incluso deportistas con camisetas de lycra fosforitas entrenando en hierros de los tendederos. Las azoteas eran esta mañana un mercado a las 12 de un sábado. En las comunidades grandes de vecinos subían por turnos, porque está prohibido agruparse, en alguna se lanzaban el balón de edificio a edificio, en otras tardaban tres cuartos de hora en tender una colada exigüa. Por un momento me ha dado por pensar en nuestra enfermiza necesidad de socializar. Al minuto, por la necesidad que teníamos todos de estar más cerca de cielo.





jueves, 26 de marzo de 2020

The Chap

Nuevo artículo en Milenio

The Chap: una oda al tweed.

https://www.milenioweb.es/the-chap-una-oda-al-tweed/

miércoles, 25 de marzo de 2020

Arenga a las tropas


“El privilegio de mayor riesgo y fatiga”. Esto es lo que tiene como un honor la Infantería de Marina.  Para ellos son los puestos de mayor riesgo en el avance y cubrir al extremo los repliegues.
“El privilegio de mayor riesgo y fatiga”. Es la Armada pero podría ser un cartel recién fotocopiado en cualquier UCI de cualquier hospital español.
Español. Porque si no lo dijo Bismarck, lo digo yo: No será posible destruir esta nación.
Así que, que te den, Sánchez.

Porque nos fuimos con la cabeza alta de Breda y de Rocroi y nuestros muertos se van con la cabeza alta en los hospitales. Sin sus familias, pero no solos. Porque no hay ni una sola muerte indigna en todo esto. No lo has conseguido. Sorry, not sorry.

Un ejército de sanitarios se deja la piel por ellos. Unos cuantos curas, el alma.
Porque los transportistas, cajeros, limpiadores, celadores, policías, tenderos, sacerdotes, farmacéuticos, taxistas y monjas no son civiles ya, son militares. Y no por los galones sino porque Calderón de la Barca no sabría distinguir a un soldado español de los Tercios de ellos:

Aquí, en fin, la cortesía,
El buen trato, la verdad,
La firmeza, la lealtad,
El honor, la bizarría,
El crédito, la opinión
La constancia, la paciencia,
La humildad y la obediencia.

Ahora somos españoles luchando en Krasny Bor pero mientras haya un sacerdote sacando al Santísimo a las calles, mientras un vecino baje la basura y haga la compra de la anciana del cuarto, mientras aparadoras y costureras confeccionen mascarillas día y noche, mientras una enfermera sostenga la mano de un moribundo, mientras un ciudadano ofrezca sus oraciones por un enfermo anónimo, seguiremos siendo indestructibles.

Y tenemos a Ussía, a Sánchez Dragó, a los abrazos en el reencuentro, a La Gallina, a Bennett, a las comidas familiares del domingo,  el suero con anticuerpos de Ortega Smith, los profesionales de la bioética, a Gerardo acompañando a las almas en los hospitales, al presidente de Murcia, a los macarrones con tomate, al miedo, a Landaluce recuperada, al Comandante Miguel Ángel Franco y al diario coronavírico de Itxu Díaz de nuestra parte.

Recuérdalo, Sánchez, somos muchos los que queremos el privilegio de la extrema vanguardia en el ataque y la extrema retaguardia en la retirada.
Ese privilegio que tú no conoces ni conocerás.

Acabo con Shakespeare: We few, we happy few, we band of brothers.

jueves, 5 de marzo de 2020

Bea

Bea es todo lo que está bien en una rubia. Tiene una belleza tramposa, porque te confías. La ves muy mona y sonriente y te parece guapísima y querrías llamarla por las noches a decirle que fulanito no te hace caso. Y entonces Bea, sin mover ni un dedo, tiene la capacidad de levantarte a fulanito y a diez como él. La trampa está en que la seguirías adorando aunque lo hiciera porque es muy mona y sonriente.
Una vez le dije que el algoritmo de Twitter me sugería siempre su cuenta y que desde cuándo el algoritmo contaba como parámetro de afinidad la belleza. Y Bea rió y me siguió.
A Bea no le va a sentar mal que haya empezado por lo mona que es porque es una milenial con el discurso generacional superado. Es lo que tiene ser vasca y haber dado un paso al frente, que tiene más gónadas que cualquier ofendidita.
Acaba de salir en defensa de Cayetana Álvarez de Toledo, y casi consigue que nos caiga bien. ¿Se imaginan? el liberalismo cosmopolita de Cayetana cayéndonos bien… esta chica podría conseguir hasta que votáramos al PP, es de locos.
Pero es que Bea dice que también aspira a ser marquesa ultra y claro, una cree que va a morir de amor y que la diputada va a estallar de tanta perfección. Lo que no sabe es que la aristocracia de espíritu, que diría el poeta García-Máiquez, ya la tiene. La tuvo cuando nos contó que su referente era María San Gil.

Estoy segura de que es dura como sus abdominales (cómo me alegro de no ser redactora del grupo ATRESMEDIA y no tener que plantearme si mi figura retórica utilizando su físico es machista) y de que cuando se publicaron sus fotos en bikini lo pasó mal. Y un poco bien también, porque no se puede tener ese oblicuo transverso y pasarlo mal. Pero luego estuvo apenada por la supuesta periodista que echaron por el artículo de marras y eso no, Bea. Porque se veía el troleo de la niñata a kilómetros. Y porque en política y sobre todo en Redes Sociales, hay que dejarse casi toda la bondad en casa.

Tengo una buena noticia y una mala. La buena es que Bea tiene una hermana gemela, así que miren, hay dos, con un poco de suerte, la otra mola igual que ella. La mala es que parece que, finalmente, no será el agricultor Tom Rohdes el que la invite a un Jameson. Hay indicios de que Martínez Almeida le ha adelantado por la derecha y enseñado el cielo de Madrid a la vasca con lo que el agricultor andaluz se queda compuesto y con su Paco. Yo lo entiendo, no veía a Bea vareando olivos, porque las marquesas tienen que estar a lo que están.

Le honra haber salido en defensa de Álvarez de Toledo, más que nada porque Cayetana tenía razón y porque este PP cada vez más irrespirable no deja pasar una oportunidad de demostrar que son especialistas en dejar tirados a cualquiera que tenga una ráfaga de lucidez. Y pienso en Rita ahora. En mi alcaldesa. Que sería muchas cosas, entre ellas, una señora. Una marquesa de espíritu. De la huerta, como somos los valencianos, pero una marquesa de esa sociedad fascinante de Vizcaíno Casas. Hay que tener un espíritu muy elevado y llevar la aristocracia en el alma para pedir para cenar, por última vez, un whisky y tortilla de patatas. Esa comanda redimió a Rita.

Y ahora, Bea. Que es muy mona y sonriente y tiene redaños.