Tiercé Gagnant
domingo, 29 de enero de 2023
Nacer varón, hacerse hombre
Me doy cuenta de que esta es mi tercera columna para El País. Esto significa que
ya hay confianza, que ya les puedo contar nuestros trapos sucios, las ovejas
negras, lo que barremos debajo de la alfombra. Sin rodeos y sin paños calientes:
tenemos un Ministerio de Igualdad.
Les hablo de España. Donde mi abuela fue
universitaria en la década de los 30 del siglo pasado y donde el Artículo 14 de
la Constitución (1978) reza: “los españoles son iguales ante la ley, sin que
pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo,
religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.
La penúltima ocurrencia en la que han decidido despilfarrar nuestros impuestos
tiene como protagonista a Luis Cantero Rada, un cantante –ya fallecido- que
maridaba la copla y el pop y que se hizo popular en nuestras fronteras allá por
los años 70 y 80. Sobre todo en los pueblos de la península donde su estilo, de
pelo en pecho y pantalón apretado color vainilla, levantaba pasiones. El Fary,
como se conocía al castizo intérprete, concedió una entrevista que ha quedado
para la posteridad. En ella acuñaba el término “hombre blandengue” con el que,
profético, advertía: ”El hombre nunca debe blandear. Debe estar en su sitio como
la mujer debe estar en el suyo. […] La mujer necesita ese pedazo de tío ahí. Al
hombre blandengue le detesto. Ese hombre con la bolsa de la compra, el carrito
del niño...”.
Pues bien, el Ministerio de Igualdad ha creado un anuncio
publicitario en el que una voz en off reproduce las palabras de El Fary al
tiempo que vemos escenas cotidianas en las que varones de hoy, debidamente
normalizados, cuidan de sus hijos, se ocupan del hogar o lloran abrazados.
No sabemos qué llevó a Cantero a convertirse en una especie de icono pop patrio. Lo
más probable es que haya sido esa apuesta por una virilidad ruda, tamizada por
su metro y medido de estatura y su hit musical El toro guapo. Aunque también le
habrá ayudado la hilarante foto que publicó una revista, luciendo traje de baño
tipo slip y chanclas, en la piscina de su casa. Fary lampiño, alfeñique. Fary
sujetando, leptosómico y despreocupado, un ejemplar de La zona muerta de Stephen
King y declarando: “soy un monstruo en la cama”. Sin olvidar su papel en una
serie de televisión como taxista cañí y padre de familia.
En todo caso,entendiendo bien todo lo que tiene a favor el personaje para ser elevado a los
altares de la cultura popular española, no entendemos qué terreno ya conquistado
reivindica el Ministerio utilizando unas declaraciones de 1984 en las que el
cantante intuye un futuro amenazante para la masculinidad típica de la época.
He tomado prestado el título de esta columna de un estupendo artículo publicado por
Julio Llorente, el editor de mi libro, en la prensa española (“Los hombres
blandengues”, Alfa&Omega, 22-09-22). Llorente defiende la virtud del término
medio.
La masculinidad que han de construir quienes nacen varones y que no ha de
suponer una elección entre la virilidad y la ternura. Aquella que emula al
caballero de la leyenda artúrica y sabe, al tiempo, desenvainar la espada y
arropar a los hijos. La identificación de la masculinidad como barbarie es
espuria. Desde que la mujer se incorpora al mercado laboral, las tareas del
hogar y el cuidado de la prole se reparten, en la mayoría de casos, como
buenamente se puede, sin necesidad del tutelaje de ningún ministerio. Por aquí,
algunos ayuntamientos de distinto signo político ofrecen talleres de “nuevas
masculinidades” con el objetivo de reeducar a los varones y la toxicidad que,
por defecto, les adjudican.
El ensayista francés Julien Rochedy explica que al rechazar absolutamente todos los códigos masculinos y viriles creemos
deshacernos de la violencia, las violaciones y los comportamientos reprensibles.
Sin embargo, los principios de la masculinidad clásica –hoy llamada tóxica-
permiten transformar comportamientos brutales en comportamientos de
gentilhombres. Suprimiendo el traje del ideal viril y masculino no nos
deshacemos de las peores tendencias masculinas. El asunto no es tanto que los de
Igualdad quieran erigirse como faro moral que da permiso a los hombres para
llorar –en otra ocasión les contaré que este verano produjeron una campaña
recordándonos que las mujeres entradas en carnes podían acudir a la playa- o de
cómo, cual régimen comunista, debemos planificar la vida doméstica. Si abrimos
un poco el plano, no queda más remedio que ver cómo, subrepticiamente, se
pretenden adoptar medidas dirigidas a feminizar la sociedad. Este objetivo queda
perfectamente analizado por otro francés, Éric Zemmour, en su ensayo El primer
sexo (2006).
La sociedad, y a la sazón el Ministerio de Igualdad, conminan
unánimemente a los hombres a revelar la feminidad que guardan en su interior. El
periodista apunta con ironía que a partir de ahí, de manera voluntariosa y
malsana, los hombres hacen todo lo posible para hacer realidad este ambicioso
programa: “convertirse en una mujer como las demás para superar por fin sus
instintos arcaicos”. Se preguntaran cuál es la finalidad de todo esto. Pues
bien, una vez que ya hemos sido aleccionados en la conveniencia de una sociedad
multirracial y multicultural le ha tocado el turno al deseo. El feminismo es una
máquina de fabricar igualdad y, en este caso, realizan el trabajo ideológico de
desnaturalizar la diferencia entre los sexos y presentarla como constructos
culturales. Pero el deseo se basa en la atracción de lo diferente, por tanto, su
aniquilación está servida. Así, se da un nuevo paso en el proyecto de
deconstrucción y posterior construcción de un hombre sin raíces, sin raza, sin
familia y sin fronteras. Sin identidad. Un ciudadano del mundo listo para
obedecer y consumir.
Acabo con mi anécdota favorita: Tras un referéndum interno
del partido socialista francés sobre la Constitución Europea, su secretario
general en aquel momento, François Hollande, declaró que el vacío que sentía,
tras la adrenalina de la campaña, era “como una depresión postparto”. Ahí lo
tienen.
sábado, 28 de septiembre de 2019
Filósofos
¿Conocen la canción “Filosofía barata”? Pues es horrible,
la acabo de volver a escuchar. Envejeció mal.
Y recuerden que Aristóteles
está en el infierno, aviso de Dante a
navegantes.
Claro que es de Mclan.
Y Mclan no es Radio Futura. Cielos, Santiago Auserón, otro filósofo.
Encuentro muy removido el mundillo últimamente. Carlota Casiraghi ha estado en España como
invitada a un festival de filosofía y para presentar su libro: “Archipiélago de
pasiones”. Apuesto a que el filósofo que
la acompaña en su aventura editorial (Robert
Maggiori) tuvo que ir al baño a vomitar cuando le comunicaron el título. O eso, o es
el hijo de Corín Tellado.
Carlota tiene unos labios inabarcables, una voz grave y
sangre indómita con hemoglobina Grimaldi. Usa camisetas de The Smiths y Converse y se casa muchas veces como si se lo creyera
siempre. Es perfecta así, no sé por qué tiene que estropearlo pretendiendo ser
una intelectual.
El problema de impostar la sabiduría, el intelecto, las
lecturas y la reflexión, es que te sale el pelo del almanaque Gotha a la mínima. Las nuevas generaciones
con cincuenta apellidos Sajonia-Coburgo, nombres intercambiables con los de un chihuahua,
estudios de piano eléctrico en Berkeley
y novios saudíes, abogan por la sostenibilidad del planeta, el empoderamiento ovárico y la
libre circulación de “migrantes” por fuera del perímetro de seguridad de sus principados
y vecindarios.
Sin embargo, lo de estas criaturas viene de lejos. Concretamente
del 68 y sus postrimerías.
Recientemente, el filósofo donostiarra Fernando Savater, concedía una entrevista a El Español para
promocionar su nuevo libro “La peor parte”:
Mi mujer nunca se preocupó por mis infidelidades, sabía que la amaba a ella.
A Savater, que no
esconde su progresismo, su bisexualidad, sus traiciones y su cobardía a la hora
de afrontar los cuidados de su esposa aquejada de una enfermedad grave, se le
perdona todo por su condición de amenazado por la banda terrorista ETA. A mí me parece bien que nos perdonemos todo
los unos a los otros. Sobre todo porque su vida privada no me concierne. Lo que no concibo es que todo lo suyo sea
elevado a la categoría de incontestable por su oposición al nacionalismo. O por
su profesión de filósofo.
Con todo, el problema no es de Savater, que cuenta su experiencia y vende libros. Es de los que
piensan que habla ex cathedra, con la
infalibilidad de la asistencia de una carta de extorsión o un doctorado en
filosofía. Esos nunca entenderán que respeto su duelo y que me es indiferente su
definición de romanticismo.
Pero estamos ante un hombre equivocado en lo ideológico, con
dudosas aportaciones al pensamiento y con una gestión tirando a mala de sus
emociones y principios, a tenor del sufrimiento del que nos hace partícipes.
Superioridad moral, ninguna, y la intelectual, a debatir.
El victimismo también es el juego preferido del filósofo
francés Bernard-Henri Lévy. Todo
lo que no le gusta es antisemitismo para él. Y todo lo que le gusta contiene un grupo metil.
O varios.
Le reconocerán por su pinta de divorciado en la Costa azul -camisa
blanca impoluta con tres botones desabrochados- y le detestaran por lo de
siempre; una cuenta bancaria obscena (por
la cantidad y por la procedencia de la pasta) y un discurso progre neoliberal.
Sí se puede. Miren las élites cosmopolitas si no.
BHL surge con la
nueva generación de filósofos que se oponen a la izquierda radical y al mayo
francés, según Wikipedia. Todo mal.
Quizá no era tan progre como los maos, los trotskistas o los situacionistas (de lo poco interesante que salió de mayo del 68; Guy Debord y la sociedad del espectáculo) pero es el perfecto representante del liberal postmodernista.
La cigüeña ya no trae niños de París, trae vectores del
mundialismo. Su célebre frase: Tout ce qui est franchouillard, m’est odieux (todo aquello que es típicamente francés, me resulta odioso) no deja mucho a la
imaginación.
Está obsesionado con el RN, Putin y Trump. Claro que Trump acaba de declarar que rechaza el
globalismo y abraza el patriotismo. Si lo ha hecho con el índice en alto y con sus
maravillosos aires de folclórica ultrajada, entiendo que la coronaria de Lévy
esté en apuros.El amigo Bernard-Henri actuó como muñidor de la guerra de Libia y es el hazmerreír de verdaderos filósofos. Su obra académica es prescindible y sus incursiones intelectuales se limitan al teatro y al cine.
Allí ya no engaña a nadie. Aquí, a Valls y a algunos medios que lo han calificado como el “Huracán BHL”.
Más que un huracán, yo diría que es la tormenta en un vaso de whisky, un progre liberal hecho grande por su oposición al nacionalismo, pero un internacionalista al fin y al cabo.
Oigan, para eso, para filósofo francés de poca monta, prefiero a su ex yerno Raphaël Enthoven. Mujeriego, mediático, sofista cutre y narcisista, al menos
reconoce –aceptamos su falsa modestia- que es un simple profesor de secundaria.
Y madame Sarkozy nos ha soplado que ”tiene pinta de ángel, pero es un diablo del amor”.
Y miren, otra cosa no, pero Carla Bruni, en cuestiones de
los Enthoven, es una autoridad.domingo, 10 de marzo de 2019
Siete minutos
Ese botón extra desabrochado no hacía otra cosa que
confirmarme que nadie le había dicho nunca que tenía una mirada preciosa. Hablaba
rápido, estaba nerviosa. No se daba cuenta de mis esfuerzos por mantener la
pierna quieta, apoyando toda la planta del pie sobre el suelo. Traté de
clavarme las uñas en el muslo, por si el dolor ayudaba a relajar el temblor.
Fue inútil. Además, debía centrar mi atención en su discurso, no quería
contestar obviedades. Tenía muy poco tiempo y si soltaba una tontería podía
darme por amortizado.
Volvamos a ella. Había superado lo de su ex, decía. O sea,
le dolía cada noche. Estaba pisando todos los charcos posibles. Hablar de otras
relaciones era hacer saltar por los aires una cita con amonal, eso es de
primero de soltero.
Política y religión eran
NoGo Zones pero es que los
asuntos de entrepierna pasados eran un suicido en Waco. Eso lo ponía en el
panfleto de las citas rápidas y lo decía el sentido común del menos avezado en
estas lides.
Pero en fin, yo estoy curtido y mírame, con la pierna arriba
y abajo como un adolescente pidiendo preservativos en la farmacia.
El local es lúgubre y su mirada lo hace nuevo. Su voz es
suave y ella está desconcertada porque no miro a su escote. La boca roja, las
uñas a juego y yo quiero su alma. Recomponer sus trocitos, que ella ha pegado
con Pritt para venir aquí esta noche.
Decirle que se nota que no tiene 38 y que me da igual. Que
no le explico que tengo ganas de pegar al cabrón que apagó sus ojos porque ella
espera que me parezca que está buena y no que me enternezca su derrota.
Al fin y al cabo, yo estoy haciendo lo mismo. Impostando un
ganador. “Inversor de fondos extranjeros” he escrito en mi tarjeta. Enseñar
pisos de los que nunca podría pagar la cuota de comunidad a venezolanos con
pasta manchada de dictadura es la fórmula desarrollada de mi curro, pero no me
cabía. Decir que estoy muerto de soledad y hastío tampoco me cabe en la boca.
Este bareto es lo peor y yo me estoy enamorando.
Me habla de que su madre no la deja vivir, de los hombres
que la pretenden, de que es jefa de departamento. Sus manos se mueven tanto
como mi pierna y sé que es una buena chica maquillada de despreocupación. Temo
que si no ponen el aire acondicionado ya, voy a empapar la camisa de Ralph
Lauren.
Maldigo al dueño de este antro, un hombre tosco y sin
escrúpulos que gana dinero con cada cerveza que paga mi soledad y su
desesperación. Ha fotocopiado unas cuartillas en blanco y negro con las
instrucciones y sus correspondientes faltas de ortografía y comprado rosas de
plástico de los chinos para las mesas. Y es en este escenario donde quiero
cogerle la mano y susurrarle que salgamos corriendo sin pagar y sin mirar
atrás. Me quedan dos minutos y ella me dice que tiene una carrera en las
medias, que qué desastre. Y yo no quiero mirar sus piernas porque quiero vivir
en sus ojos.
-
Cambio de pareja, chicos- grita el gilipollas del
organizador apretando una especie de timbre de bicicleta.
Me incorporo, le doy dos besos y le digo “guapísima”. Sonríe
por primera vez en los siete minutos de cita.
Me siento de nuevo y cojo el boli. Escribo un NO al lado de
“Marilyn”. Ella nunca entendería que me enamoré de su alma.
Te imagino
Te imagino a los treinta. Cierro los ojos y veo una pancita
apenas perceptible pero que te proporciona más felicidad de la que imaginabas.
Te siento llena de miedo y exultante de alegría. Finjo sorpresa cuando me
entregas una caja con patucos para que no sepas que te vi antes- te dejaste la
puerta del baño entreabierta- acariciando esa curva, ciñéndote el vestido y
comprobando tu perfil. Me haces sentir el hombre más afortunado de este mundo
que se va al carajo. Nosotros llegaremos con retraso, tenemos una nueva vida
que cuidar. Que nos esperen.
Te imagino a los veintitrés. Me envías un mensaje al móvil.
Que vienes a cenar. Que si puedo poner champán a enfriar. Lo tuyo nunca han
sido las sorpresas, sé que hoy te daban la última nota de la carrera. Que tenías
miedo porque en el último ejercicio la cagaste ajustando la estequiometría de
la reacción. Yo no entiendo nada de lo que dices pero asiento poniendo cara de
preocupación y esperanza a la vez. Murmuro que claro, que la estequio –lo que
sea- es muy importante pero que quizás el profesor no lo tenga en cuenta por
ser el último examen.
Lo has conseguido, nena. El champán del supermercado me sabe
como debe saber el francés caro.
Me siento especialmente orgulloso de ti a los veinte. Has
empezado a colaborar con una asociación de discapacitados del barrio. Empleas
tus días de descanso en su ocio. Llevas de excursión a esos chicos en sillas de
ruedas y les enseñas canciones. Quién iba a decirme que esos chavales harían
brillar tu mirada cuando solo cinco años atrás te escapabas por las noches de
casa y volvías a los dos días con el corazón roto, alcohol en la sangre y
telarañas en los ojos. Luego pasabas una semana llorando, sin comer y gritando
que la vida era una mierda.
Siempre he sido muy torpe pero en esos momentos hice lo que
mejor se me da: abrazarte fuerte y mantenerme callado. A mí también me parecía
todo una mierda pero sentía que mientras tú estuvieras yo aguantaría. Esperaba
que tú pudieras agarrarte a mi abrazo y trepar por él. Te quedaba toda la vida
por delante.
Recuerdo cómo lloré una noche cuando tenías ocho años.
Habías perdido un libro del colegio y yo te eché una bronca. Aguantaste en
silencio, solo se te escapó una lágrima. Te dije que si no te enterabas de que
no teníamos dinero. Que yo llevaba meses sin trabajar y que tenías que
espabilar. Que comprar un libro nuevo era un lujo que no me podía permitir. Di
un puñetazo en la mesa, tiré una silla y te mandé a tu cuarto. Más tarde me
llamó tu profesora. Me dijo que eras la única niña de la clase que no tenía
mochila y que cargabas resignada todos los días los libros en tus brazos como
podías.
Juré que nunca más te faltaría nada. Así fue como me
salvaste la vida.
¿Tengo fotos de cuando tenías tres años y coletas rubias? Me
moría de la risa con tus balbuceos y tu lengua de trapo. Decías que tenías ziebre cuando estabas malita y te
encantaba la canción de cuna de Brahms y Madre Tierra de Chayanne. Y siempre te
las apañabas para que te comprara gusanitos aunque estuvieras castigada por no
haberte acabado el puré.
Te imagino recién nacida. Colorada como si la vida no
tuviera suficiente con tu cuerpecito para abrirse paso y salir a llenar el
mundo. Con un llanto desgarrado que anuncia dolor y con una luz en los ojos que
ilumina mi noche.
Te imagino, hija. Nunca supe de ti, siquiera que fuiste concebida.
Que decidieron que no nacerías.
No pudiste salvarme la vida.
viernes, 9 de junio de 2017
Enséñame el camino
"Enséñame el camino a cuyo lejano término me espera la palma"
Esta cita se encuentra en el diario de Beethoven, en 1813. Ahora es mi oración para Ignacio Echeverría.
En mi época universitaria murió en accidente una buena chica que residía en mi Colegio Mayor. Recuerdo las últimas palabras que intercambié con ella, la noche aciaga en que estuvo desaparecida y la tristeza cuando se confirmó su paradero. Pero sobre todo tengo muy presente una sensación difícil de explicar- supongo que tendrá un nombre científico- y que ahora revivo con la muerte de Ignacio.
La voy a definir como "flotar". Cuando murió Paula, estuve un par de días sin salir del colegio, imagino que somatizando la angustia, pero eso no lo recuerdo. Recuerdo el lunes. Recuerdo andar por la calle y pensar que flotaba. Que todo era irreal, una película. Que andar era magia. Que el mundo se movía y no sabía por qué lo hacía. Que la gente iba al trabajo y no tenía ni idea de de qué iba la vida. Que sobraba todo lo que estaba pasando a mi alrededor.
La sensación que tengo con la muerte de Ignacio es parecida en cuanto a que llevo una semana muy dispersa en la que no me importa ninguna conversación, ningún sabor, ningún descanso. De nuevo "floto".
Sobre él se ha escrito muchísimo y con autoridad. Han hablado amigos y familiares y yo no soy ni lo uno ni lo otro. De hecho, como la mayoría de nosotros, no tenía idea de su existencia.Y esto no es casualidad, Ignacio ha muerto para que le conozcamos. Para poner contra las cuerdas a nuestra conciencia. Dios no ha tenido otra manera de hacernos ver cuál es el camino.
Claro que recé cuando supe que le buscaban. Claro que deseé que estuviera vivo (para casarme con él, más que nada) y después del vacío, de la desolación, de la rabia, de ciscarme en todo lo moruno habido y por haber, me he dado cuenta de que el tesoro escondido estaba en su vida, no en su muerte.
He leído compulsivamente los retazos que iban ofreciendo sus allegados, he metabolizado toneladas de información y la palabra "héroe" no es definitoria. Hay una frase de Hölderlin mucho más precisa: "Cerca y dificil de asir está el dios".
Y es así porque era un chico sencillo con un hobby discutible. Pero lo tenía. Lo peor que puede pasarte en esta vida es no tener pasión por nada. De eso andaba sobrado. Todo en él parece fácil, alcanzable y cercano. Parece lógico ser bueno, humilde y esforzado.Y no lo conseguimos.
Píndaro distingue entre dioses, héroes y hombres. Ignacio tenía un poco del héroe del mito- su valentía, su final violento- en sus valores, convicciones, integridad y honestidad podías ver la cara de Dios y no hay duda de su naturaleza humana; tendría defectos, le gustaba el monopatín y seguro que pasó mucho miedo.
Hay un millón de frases hechas, citas bílblicas, comparaciones históricas y dibujos-homenaje en la red que tratan de explicar con más o menos fortuna lo que a todos nos está ocurriendo: que hemos sido sacudidos, removidos por dentro. Que su último acto ha sido una excusa para que nos fijemos en su vida. Un chaval humilde con sentido de la justicia, consecuente con sus creencias, trabajador, con espíritu de superación y disfrutón. Así nos quiere Él.
Ignacio no sabía que se la estaba jugando con terroristas ni falta que le hacía. El sólo vió a alguien siendo atacado, tuvo honor y creía en Alguien más grande.
Hablamos de un hombre que lo había entendido todo.
Yo hoy tenía una cita médica. Me he sentado en la sala de espera en el estado de ensimismamiento en el que me encuentro y cuando he levantado la vista, estaba sentada delante de la consulta del Dr. Ignacio Echeverría (verídico). Así que he decidido que tenía que escribir algo, abandonar mi estado etéreo, aprovechar que mi línea de flotación ha sido gravemente dañada y empezar a caminar. Le he hecho un pantallazo a la foto de Ignacio para llevarla en el móvil y que sea él quien me enseñe. Que esto no quede en un "luto oficial" más o menos sentido y una vuelta a las malas costumbres del egoísmo y la queja.
Mi consulta médica es pura rutina, una revisión que requería un Holter Electrocardiograma, es decir, mi corazón está siendo monitorizado durante las siguientes 24 horas. A ver cómo le explico el lunes a mi médico que un tipo con monopatín ha cambiado mi ritmo cardíaco.
Esta cita se encuentra en el diario de Beethoven, en 1813. Ahora es mi oración para Ignacio Echeverría.
En mi época universitaria murió en accidente una buena chica que residía en mi Colegio Mayor. Recuerdo las últimas palabras que intercambié con ella, la noche aciaga en que estuvo desaparecida y la tristeza cuando se confirmó su paradero. Pero sobre todo tengo muy presente una sensación difícil de explicar- supongo que tendrá un nombre científico- y que ahora revivo con la muerte de Ignacio.
La voy a definir como "flotar". Cuando murió Paula, estuve un par de días sin salir del colegio, imagino que somatizando la angustia, pero eso no lo recuerdo. Recuerdo el lunes. Recuerdo andar por la calle y pensar que flotaba. Que todo era irreal, una película. Que andar era magia. Que el mundo se movía y no sabía por qué lo hacía. Que la gente iba al trabajo y no tenía ni idea de de qué iba la vida. Que sobraba todo lo que estaba pasando a mi alrededor.
La sensación que tengo con la muerte de Ignacio es parecida en cuanto a que llevo una semana muy dispersa en la que no me importa ninguna conversación, ningún sabor, ningún descanso. De nuevo "floto".
Sobre él se ha escrito muchísimo y con autoridad. Han hablado amigos y familiares y yo no soy ni lo uno ni lo otro. De hecho, como la mayoría de nosotros, no tenía idea de su existencia.Y esto no es casualidad, Ignacio ha muerto para que le conozcamos. Para poner contra las cuerdas a nuestra conciencia. Dios no ha tenido otra manera de hacernos ver cuál es el camino.
Claro que recé cuando supe que le buscaban. Claro que deseé que estuviera vivo (para casarme con él, más que nada) y después del vacío, de la desolación, de la rabia, de ciscarme en todo lo moruno habido y por haber, me he dado cuenta de que el tesoro escondido estaba en su vida, no en su muerte.
He leído compulsivamente los retazos que iban ofreciendo sus allegados, he metabolizado toneladas de información y la palabra "héroe" no es definitoria. Hay una frase de Hölderlin mucho más precisa: "Cerca y dificil de asir está el dios".
Y es así porque era un chico sencillo con un hobby discutible. Pero lo tenía. Lo peor que puede pasarte en esta vida es no tener pasión por nada. De eso andaba sobrado. Todo en él parece fácil, alcanzable y cercano. Parece lógico ser bueno, humilde y esforzado.Y no lo conseguimos.
Píndaro distingue entre dioses, héroes y hombres. Ignacio tenía un poco del héroe del mito- su valentía, su final violento- en sus valores, convicciones, integridad y honestidad podías ver la cara de Dios y no hay duda de su naturaleza humana; tendría defectos, le gustaba el monopatín y seguro que pasó mucho miedo.
Hay un millón de frases hechas, citas bílblicas, comparaciones históricas y dibujos-homenaje en la red que tratan de explicar con más o menos fortuna lo que a todos nos está ocurriendo: que hemos sido sacudidos, removidos por dentro. Que su último acto ha sido una excusa para que nos fijemos en su vida. Un chaval humilde con sentido de la justicia, consecuente con sus creencias, trabajador, con espíritu de superación y disfrutón. Así nos quiere Él.
Ignacio no sabía que se la estaba jugando con terroristas ni falta que le hacía. El sólo vió a alguien siendo atacado, tuvo honor y creía en Alguien más grande.
Hablamos de un hombre que lo había entendido todo.
Yo hoy tenía una cita médica. Me he sentado en la sala de espera en el estado de ensimismamiento en el que me encuentro y cuando he levantado la vista, estaba sentada delante de la consulta del Dr. Ignacio Echeverría (verídico). Así que he decidido que tenía que escribir algo, abandonar mi estado etéreo, aprovechar que mi línea de flotación ha sido gravemente dañada y empezar a caminar. Le he hecho un pantallazo a la foto de Ignacio para llevarla en el móvil y que sea él quien me enseñe. Que esto no quede en un "luto oficial" más o menos sentido y una vuelta a las malas costumbres del egoísmo y la queja.
Mi consulta médica es pura rutina, una revisión que requería un Holter Electrocardiograma, es decir, mi corazón está siendo monitorizado durante las siguientes 24 horas. A ver cómo le explico el lunes a mi médico que un tipo con monopatín ha cambiado mi ritmo cardíaco.
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